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Cultura

  • Elena Garro en audio y video
    Elena Garro en audio y video

    Un día como hoy nació la que para muchos, es la mejor escritora mexicana: Elena Garro. Protagonista de una vida con altibajos, Elena tuvo muchas facetas. Acá te dejamos algunos de sus cuentos, tanto en voz de la autora, como de otros grandes oradores.

     

    Esperamos las disfrutes.

     

    La cuarta casa (relato)

     

     

    El anillo 

     

     

    Los perros

  • Conoce a las rivales de Roma
    Conoce a las rivales de Roma

    Se dieron a conocer las películas nominadas a los Golden Globes 2019. Destaca, por supuesto, las 3 nominaciones de la película Roma: Mejor película extranjera, mejor Director y mejor Guión.

     

    Acá te dejamos a las nominadas para mejor película extranjera. 

     

    “Capernaum” – Libano

     

     

    “Girl” – Bélgica

     

     

    “Never Look Away” – Alemania

     

     

    “Roma” – México

     

     

    “Shoplifters” – Japón

     

     

  • Se espera un buen espectáculo de Moonspell en la FIL de Guadalajara
    Se espera un buen espectáculo de Moonspell en la FIL de Guadalajara

    Por: Israel Moisés Campos Montes

    “Si la muerte fuese una mujer, mis manos la tocarían hasta desgarrar su cuerpo, mi corazón penetraría hasta lo más profundo de su ser, y mi alma se entregaría a ella agonizando, hasta el último momento, más que un deseo sexual, sería un maldito placer” Per Yngve Ohlin (DEAD)

     

    Porque la cultura no está distanciada de la música y mucho menos del metal, este sábado 1 de diciembre el folclor y la fuerza oscurantista unirán su fuerza para deleitar a los jaliscienses con las partituras escritas en rojo por la banda portuguesa Moonspell.

     

    Portugal, es el país invitado de honor de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, la cual inició el pasado 24 de noviembre y culmina este domingo 2 de diciembre.

     

    Como es tradición, el invitado presenta dentro del Foro FIL una serie de espectáculos en cada una de las nueve noches. Por lo que este sábado será turno de la banda de metal portuguesa Moonspell, la cual recitará una velada arcana envuelta en atmósferas de amor y perversión, siendo la mezcla perfecta para las almas danzantes que se dejarán llevar por el flujo musical de la historia lusitana. Todo un espectáculo pagano que no te puedes perder.

     

    Fernando Ribeiro, vocalista del grupo ha comentado que aún no definen el setlist que tocarán, pero aseguro, que incluirá muchos clásicos de su repertorio. Por lo que será un deleite escuchar clásicos como: Vampiria, Alma Mater, Love Crimes, Opus Diabolicum, Allah Akbar! La Allah Ella Allah!, Opium, Mephisto entre otras.

     

    Además, mañana viernes 30 de noviembre, de las 13:00 a las 13:50 horas, dentro del marco de las actividades del Pabellón de Portugal, se presentará “Opio, deseo o voluntad”

     

     

     

    Participa: Fernando Ribeiro

    Mañana por la noche, en el Salón 4, planta baja, de las 21:00 a las 21:50 horas, se realizará la presentación de la biografía de Moonspell, “Lobos que fueron hombres”.

    Participan: Fernando Ribeiro, José Luís Peixoto

    Autor: Ricardo S. Amorim

     

    Después de su participación en Guadalajara, Moonspell viajará a la Ciudad de México, donde ofrecerá un concierto en el Lunario del Auditorio Nacional, tocando de manera completa su su álbum “Wolfheart” de 1995.

  • Así se anunció la muerte de Ibarguëngoitia  y ortas cosas sobre su accidente
    Así se anunció la muerte de Ibarguëngoitia y ortas cosas sobre su accidente

    1.- Falleció en una accidente de avión cerca del aeropuerto de Madrid. Iba a un encuentro de escritores en Bogotá, no obstante, el vuelo, wera apenas una escala    París (don Jorge vivía)-Madrid. 

     

    2.- Llevaba en su equipaje el borrador de su nueva novela, que al parecer, tenía como tema a Maximiliano y Carlota. La única copia del manuscrito se incineró en el accidente.

     

    3.- Con él, murieron el novelista Manuel Scorza, el crítico Ángel Rama y la pianista Rosa Sabater, todos ellos, muy reconocidos en sus ámbitos. El avionazo del 27 de noviembre de 1983 significó una gran pérdida para el mundo del arte y el pensamiento.

     

    4.- La ficha técnica del accidente lo describe así: El vuelo de Avianca AV011 tuvo como origen el aeropuerto de París (Charles de Gaulle) y como destino tenía Bogotá haciendo escala en Madrid. La tripulación interceptó incorrectamente el ILS de la pista 33 al haber introducido previamente mal las coordenadas del VOR de Barajas en el navegador inercial (INS) del avión, lo que causo que el piloto iniciara un viraje a derechas antes de llegar al mencionado VOR (lugar donde lo debían haber realizado). El tren de aterrizaje derecho y el motor nº 4 se golpearon con un montículo de 2247ft y una velocidad de 142Kts. Tres segundos más tarde, el avión impactó con otra cima a una velocidad de 135Kts y una inclinación de 4,9deg morro arriba. Seis segundos después, el ala derecha colisionó con el terreno (a 126 Kts) se rompió, la cual originó que el avión diera un giro de 180º sobre su eje horizontal y terminara boca abajo en cinco pedazos incendiándose más tarde.

     

    5.- Así anunciaba el diario español El país, el accidente y la muerte de los escrtirores, en una nota firmada el 28 de noviembre bajo el título “Cuatro escritores latinoamericanos encontraron la muerte cuando iban a un encuentro de intelectuales” y puedes leer acá. 

  • Cara de luna, un cuento de Jack London
    Cara de luna, un cuento de Jack London

    La cara de Juan Claverhouse era un fiel trasunto de la luna llena; ya conocen ustedes el tipo: los pómulos muy separados, la barbilla y la frente redondas, hasta confundirse con los rubicundos mofletes, y la nariz ancha y corta, como una pelota de pan aplastada en la pared, ocupando el centro de la circunferencia.

     

    Quizá fuera ésta la razón del odio que sentía por él; su presencia me resultaba insoportable, y lo conceptuaba como una especie de mancha sobre la tierra. He llegado a creer que mi madre, durante el embarazo, tuvo algún antojo, algún motivo de resentimiento con la luna; qué sé yo…

     

    Sea por lo que fuere, lo cierto es que yo lo odiaba, y no debe creerse que él, por su parte, me había dado motivo alguno, por lo menos a los ojos del mundo; pero la razón existía, no cabe duda, aunque tan oculta, tan sutil, que no encuentro palabras con que poder expresarla. Todos conocemos esta clase de antipatías instintivas; vemos por primera vez a un desconocido, a una persona cuya existencia ignorábamos y, sin embargo, en el momento de verla decimos: “No me gusta ese hombre o esa mujer”. ¿Por qué no nos gusta? ¡Ah! Lo ignoramos; no sabemos sino que es así, que nos cae antipático; eso es todo. Tal fue mi caso con Juan Claverhouse.

     

    ¿Con qué derecho era dichoso un hombre semejante? Nunca vi optimismo como el suyo; siempre risueño, siempre contento y siempre encontrándolo todo bien, ¡maldita sea!…

     

    No me importaba nada la alegría de los demás; todo el mundo puede reír, hasta yo… antes de conocer a Claverhouse; pero la risa de éste, aquella risa, me irritaba, me enloquecía, me ponía furioso, fuera de mí… Era una pesadilla constante, a la que no podía sustraerme, un demonio maldito, cuyo abrazo infernal me ahogaba. ¡Qué risa! Estentórea, homérica, gargantuana; despierto o dormido, su vibrante sonar me arañaba el corazón como con las púas de un peine gigantesco. La oía al despuntar el alba, a través de los campos, y sus ecos me robaban las delicias de un plácido despertar; la oía bajo el cielo clarísimo del mediodía, cuando la Naturaleza entera parecía dormir borracha de luz y de calor, y sus “¡ja! ¡ja!” se elevaban sonoros en el silencio de los valles; y la oía en medio de la noche, en que me despertaba el irritante chasquido de aquella risa diabólica, haciéndome dar vueltas en la cama y clavarme las uñas en las palmas de las manos, en un paroxismo de rabia impotente.

     

    Más de una madrugada me levanté con el único objeto de desparramar sus rebaños por las campiñas sembradas, y sólo conseguí escuchar otra vez, por la mañana, su eterna risa, mientras los congregaba de nuevo en sus rediles.

     

    -Pobres bestezuelas -decía-. ¡No tienen culpa, al ir donde su instinto las lleva, buscando mejores pastos!…

     

    Tenía Claverhouse un perro que atendía por Marte, un hermoso animal, mezcla de mastín y galgo, con rasgos característicos de ambas especies. Marte, más que su perro favorito, era casi un amigo para él, y siempre se les veía juntos.

     

    Después de una paciente espera, llegó el día y la hora de poner en práctica mi maquinación. Con halagos atraje al animal, y un pedazo de carne con estricnina hizo el resto, aunque perdí mi tiempo y mi habilidad de una manera lastimosa, pues la risa de Juan siguió siendo tan frecuente como antes y su cara se parecía cada vez más a la luna llena.

     

    Entonces prendí fuego a sus trojes y a sus graneros, y a la mañana del día siguiente, que era domingo, lo encontré tan alegre como de costumbre.

     

    -¿Adónde va? -le pregunté cuando nos cruzamos.

     

    -A pescar truchas -me dijo contentísimo-; me entusiasma la pesca.

     

    ¿Ha existido jamás un hombre semejante? Sus trojes y sus hórreos no estaban asegurados -lo sabía-, y el incendio había convertido en humo su fortuna; pero allá iba, lleno de regocijo, en busca de una cesta de truchas, simplemente porque “le entusiasmaba la pesca”.

     

    Si en aquel momento hubiera visto en su cara la expresión de la pena, por poca, por ligera que ésta hubiera sido; si la cara se le hubiese alargado, perdiendo aquel aspecto de luna llena, quizá le habría perdonado el crimen de existir; pero, por el contrario, la desgracia parecía aumentar su alegría.

     

    Lo insulté a propio intento, y no vi en su cara signo alguno de despecho; todo lo más, un gesto de sorpresa bondadosa.

     

    -¿Pelearnos?… ¿Y por qué? -me preguntó con lentitud, y añadió, echándose a reír-. ¡Ja,ja! ¡Qué gracioso es usted! ¡Ja, ja!… De verdad, me hace usted muchísima gracia.

     

    ¿Qué hacer? La cosa era horrible, inverosímil, inaguantable… ¡Cómo lo odiaba, Dios poderoso!…

     

    Luego, aquel nombre: Claverhouse. ¿Por qué Claverhouse? Me hacía la pregunta mil veces. No me hubiera importado que se llamara Smith, Brown, Jones; pero… ¡Claverhouse!… ¿Es posible que exista alguien con semejante nombre? “No”, me responderán ustedes, y “no”, me respondía yo mismo.

     

    Pensé en su hipoteca y en la imposibilidad de que la pagara, cuando sus cosechas se encontraban destruidas. Bien pronto encontré un prestamista astuto e inhumano que se quedó con todos los créditos, y aunque yo no figuré para nada en la transacción, pude, por medio de este agente, forzar el vencimiento, para tener el gusto de avisar a Claverhouse de los pocos días (ni uno más de los que marca la ley) que le restaban para abandonar la casa y la finca donde había vivido durante veinte años.

     

    Después fui a verlo, esperando leer, al fin, la desesperación en sus ojos; pero ¡ca!; lo encontré sonriente, con su eterna cara de contento y… ¡más parecida que nunca a la luna llena!

     

    Me recibió riendo a carcajadas.

     

    -¡Ja, ja, ja!… ¡Pero qué gracioso es este chiquillo mío! Figúrese usted que estaba jugando en la orilla del río, cuando un trozo del ribazo cayó al agua y lo salpicó, y me dice: “¡Oye, papá! ¡Un charco se ha levantado y me ha dado en la cabeza!…”

     

    Y se detuvo, aguardando, sin duda, a que yo me echara a reír.

     

    -Pues no veo la gracia -le contesté con brusquedad y sintiendo que la cara se me agriaba por momentos.

     

    Me miró con asombro, y luego empezó a extenderse por la suya el resplandor suave de que les he hablado, y que la tornaba casi luminosa:

     

    De nuevo empezó a reír:

     

    -¡Ja, ja!… ¡Esto sí que está bueno!… ¡Que no le ve la gracia!… ¡Ja, ja, ja!… ¡Que no se la ve!… Pero, venga usted acá, venga usted acá; usted ya sabe que los charcos…

     

    No lo dejé terminar; di media vuelta y me marché. ¡Era el colmo! ¡Ya no podía resistirlo! Se hacía indispensable acabar de una vez; era preciso libertar al mundo de semejante monstruo…

     

    Y mientras subía lentamente la colina, su risa maldita me perseguía, resonante siempre, siempre…

     

    *

     

    Me precio de hacer las cosas bien, y cuando resolví matar a Claverhouse estaba dispuesto a hacerlo en forma tal y con tal habilidad, que el recuerdo de mi acción no pudiera avergonzarme nunca. Declaro que aborrezco la torpeza y que siempre me inspiró antipatía la violencia y la fuerza bruta. Matar a un hombre a puñetazos, por ejemplo, tiene todos los caracteres del vandalismo, y me repugna hasta pensar en ello; de modo que la idea de disparar un tiro, clavar un puñal o asestar un golpe ni siquiera entró en mis cálculos; además, no sólo era cuestión de hacerlo bien, científicamente: quedaba por resolver la indispensable forma de evitar que pudieran recaer sospechas sobre mí.

     

    Pensé mucho en ello, y por fin, tras una semana de trabajo mental, encontré lo que buscaba, y me dispuse a poner en obra mi pensamiento.

     

    Empecé por comprar una perra de aguas de cinco meses, y me dediqué en cuerpo y alma a inculcarle la educación necesaria. Si alguien me hubiera observado con atención, pronto se hubiera dado cuenta de que sólo la adiestraba en devolverme las cosas que yo arrojaba lejos de mí.

     

    La perra, a la que di el nombre de Belona, me traía los palos que le tiraba al agua, y no solamente me los traía, sino que lo efectuaba en seguida, sin vacilar, morderlos ni jugar con ellos. Le enseñé a correr detrás de mí con un objeto en la boca, hasta alcanzarme, y como se trataba de un animal listo y despierto, pronto tuve el gusto de ver que mis lecciones fueron bien aprovechadas.

     

    En la primera ocasión favorable regalé el animal a mi enemigo, y al hacerlo, como se comprenderá, llevaba mi idea, pues de antiguo conocía su flaqueza y su hábito inveterado de infringir cierta ley de pesca.

     

    -No -me dijo cuando le puse la traílla en la mano-, no, esto no es en serio, ¿verdad? -y se reía, con su risa ridícula, que le retozaba por toda la cara mofletuda y reluciente-. Yo… yo… pensaba… Vamos, creía, creía que… no le era a usted muy simpático -continuó el imbécil-. ¿Verdad que tiene gracia que haya vivido equivocado, eh?

     

    Y reía, reía hasta desternillarse. ¡Canalla!

     

    -¿Cómo se llama? -me preguntó.

     

    -Belona.

     

    -¿Belona? ¡Ja, ja! ¡Qué nombre más raro!

     

    Rechinando los dientes, que su estúpida alegría me ponía de punta, le contesté:

     

    -Belona era la esposa de Marte.

     

    -¡Ah, ya comprendo, comprendo! Sí, claro, Marte se llamaba mi perro. Bueno, pues… ¡se ha quedado viuda esta Belona!

     

    Ya estaba bien lejos de la cuesta, y todavía llegaban a mí sus carcajadas.

     

    Pasó la semana, y el sábado le dije:

     

    -Se marcha usted el lunes, ¿no?

     

    -Sí -respondió, sin dejar de sonreír.

     

    -Entonces, no podrá meter mano a las truchas antes de irse…

     

    -No sé… no sé -me replicó, sin reparar en el tono agrio de mi pregunta-. De todas maneras, mañana pienso probar… ¡Ja, ja!…

     

    Su respuesta me tranquilizó, y me marché a casa satisfecho.

     

    Al día siguiente, muy temprano, lo vi salir con saco y red, acompañado de Belona, y como tenía la certeza del sitio adonde se dirigían, tomé un atajo y pronto llegué a la cima de la montaña, que bordeé ocultándome, hasta avistar el valle en el cual el riachuelo formaba una pequeña cascada y más allá una laguna límpida y tranquila que reposaba entre las breñas.

     

    Era el sitio, y sentándome en el suelo entre la maleza, desde donde dominaría el espectáculo, encendí mi pipa y esperé tranquilo el desenlace.

     

    Bien pronto, Claverhouse apareció vadeando la corriente del riachuelo, seguido de Belona, que correteaba a su alrededor. Ambos, hombre y animal, llegaban contentos, y los ladridos cortos y vibrantes del uno se confundían con los gritos guturales del otro. Ya junto al remanso, vi que Claverhouse arrojaba la red y el morral al suelo y sacaba del bolsillo algo parecido a una vela gorda y grande. Yo sabía lo que era: un cartucho de los gigantes, pues en eso consistía su sistema para pescar truchas: atontarlas o matarlas con dinamita. Le puso la mecha, envolvió el cartucho en un pedazo de tela, le prendió fuego y lo tiró con fuerza al charco.

     

    Como un relámpago, Belona se precipitó tras él, mientras yo hubiera gritado, de puro gozo, al verlo. En vano Claverhouse llamaba a la perra a gritos; en vano la tiroteaba con piedras y ramas: el animal nadaba rápidamente, y al poco tuvo el cartucho en la boca se dirigió con él hacia la orilla. Entonces, por primera vez, pareció darse cuenta del peligro a que estaba expuesto, y echó a correr por entre la maleza. Mis planes se realizaban a la perfección; la perra, al llegar a la orilla, emprendió sin vacilar su persecución, tal y como yo le había enseñado a hacer conmigo.

     

    ¡Oh! El espectáculo era grandioso, y bien merecía el trabajo que me costó prepararlo.

     

    Como ya he dicho, el pequeño remanso formaba el fondo de una especie de anfiteatro natural, y el arroyo tenía pasaderas de piedra a la entrada y a la salida. Claverhouse, seguido de Belona, corría dando vueltas y más vueltas de un lado a otro; ambos, pasando y repasando la corriente, como dos bolas dentro de un plato, persiguiéndose, en un divertido e interesante juego. Nunca hubiera creído que un hombre de su aspecto poseyese tal ligereza, pues Claverhouse corría con una velocidad asombrosa, mientras la perra lo seguía de cerca, ganando terreno a cada paso, a punto de alcanzarlo… Y en el momento en que se tocaban, él a toda carrera, ella con el hocico casi junto a su rodilla, se produjo la explosión: un relámpago, una nube de humo blanquecino y una detonación formidable que retumbó en la montaña… Donde habían estado el hombre y el perro no quedaba sino una hondonada en el suelo de la planicie…

     

    *

     

    El juez calificó el suceso de “muerte accidental en la circunstancia de hallarse pescando por medios prohibidos”.

     

    He aquí por qué me precio de la forma delicada y artística que empleé para acabar con Juan Claverhouse. No hubo brutalidad, no hubo torpeza; nada de qué tener que avergonzarme, convendrán ustedes conmigo.

     

    Y ya su risa infernal no repercute sus ecos entre mis queridas montañas ni me irrita la aparición de su estúpida cara de luna.

     

    Mis días transcurren plácidos y por las noches duermo tranquilamente como un niño…

  • Selfie, mi general* un cuento de Eric Uribares
    Selfie, mi general* un cuento de Eric Uribares

    Su nombre, todos lo sabíamos, no era Francisco Villa, pero al él le gustaba llamarse así y a nadie parecía importarle. Alguna noche, al calor de múltiples tragos de aguardiente nos contó por qué decidió ponerse dicho mote, pero yo no estaba en condiciones de sostener una charla y menos aún de retenerla en la memoria.

     

    No fui de sus primeros soldados, de su pandilla cercana, me uní a él porque no tuve opción, porque me sorprendió escondido entre un par de arbustos luego de un tiroteo, con una cámara a mi lado. Don Pancho creía firmemente que la revolución tendría que ser filmada.

     

     —¿Sabes usar ese cacharro?

     

    —Sí —respondí acoquinado y tembloroso al vislumbrar mi futuro próximo.

     

    —Entonces vienes conmigo, trépate al cuaco.

     

    —Sé usar la cámara, pero no mejor que cualquiera, si lo que usted necesita es un experto, puedo recomendarle a alguien —dije en un último esfuerzo por zafarme de la situación.

     

     Pancho Villa me vio a los ojos mientras se ajustaba los pantalones a la cintura, sopesando mis palabras. Segundos después, su respuesta fueron un par de bofetones que me ventilaron el miedo, lustraron las muelas y trepidaron mis rodillas.

     

     No tuve más opción que salir echando plomo junto con el grupo.

     

     Aquella primera noche anduvimos a salto de mata buscando un sitio para pernoctar. El desánimo permeaba el ambiente de la cuadrilla, pues a lo largo de la semana había sufrido varias bajas, todas ellas por deserción.

     

    Don Pancho dispuso que lo mejor sería pasar la noche en pleno erial, sin techo que nos protegiese, pues eso evitaría el encierro y que fructificara cualquier intento de emboscada.

     

    Todos comenzaron a tender sus cobijas o armar el tinglado para dormir lo más caliente que se pudiese, pues la neblina bajaba poco a poco, con ánimo de volcarse sobre el cuerpo para hacerlo tiritar. Yo me disponía a hacer lo propio, pero mi general tenía otros planes para mí.

     

     —Usted no va a dormir, usté va a grabarme mientras duermo —dijo mientras se quitaba las botas.

     

     Quise protestar, pero me toqué las zonas donde habían impactado los bofetones y recordé que Villa no aceptaba un no como respuesta. Así que empecé a grabar hasta que los ojos se me hicieron pequeños y terminaron por cerrarse.

     

     Me despertó el sonido de una trompeta que, como el clarín con su bélico acento, nos convocaba a lidiar con valor. Posteriormente, se anunció un discurso de don Pancho, quien reunió a la tropa. Entonces todos los rodearon formando un círculo casi perfecto. Antes, se ajustó bien los pantalones, se arregló el bigote y engominó el cabello, se enchinó las pestañas y lustró sus botas. A mí, por supuesto, me dio una indicación para que hiciera mi trabajo, así que tomé la cámara y busqué el mejor ángulo.

     

    —Como ya se habrán dado cuenta, andamos escasos de humanidades, fusiles y parque, así que —hizo una pausa en su discurso para mirar hacia el cielo y respirar hondo y continuó— pos vamos a tener que hacer un pacto con la gente de Emiliano.

     

    Apenas terminó la frase, se escucharon algunos abucheos a las espaldas de don Pancho, mismos que se silenciaron cuando él se dio la vuelta y buscó con mirada inquisidora a los culpables.

     

    El ambiente sin duda era tenso. Desde meses atrás el viento traía rumores sobre un supuesto conflicto entre Villa y Zapata por diferencias ideológicas en los objetivos de ambos movimientos.

     

    —Y tú, espero que hayas grabado eso —dijo al ver que había puesto la cámara en el piso.

     

    —Tengo un problema —respondí preparando las mejillas para una nueva arremetida.

     

    —Pues más le vale solucionarlo.

     

    —El asunto es… que se me acabó el espacio de almacenamiento…

     

    A juzgar por la cara que puso, supuse que no sabía de lo que estábamos hablando, como si este Francisco Villa se hubiese quedado en la época del verdadero Doroteo Arango, así que antes de que intentara reacomodarme la dentadura, me dispuse a explicarle. Le dije que una videocámara necesita baterías y una tarjeta para almacenar lo que se grababa, que era imposible filmar por el resto de los días así, por obra y gracia de la tecnología.

    Don Pancho se rascó la cabeza y miro al resto del tropa, algunos —los más jóvenes—, asentían dándome la razón, otros, los más, también parecían sorprendidos por lo que acababan de escuchar.

     

    —¿Y dónde podemos conseguir la cosa esa?

     

    —En una tienda de electrónicos —respondí.

     

    Mi general se dirigió a la tropa.

     

    —¡Ya escucharon pelados, hacia una tienda de electrónicos, que la revolución tiene que ser filmada!

     

    Y tras esto, a los pocos minutos me di cuenta que era yo quien dirigía a la cuadrilla abrazado a un compañero de tropa cuyas habilidades para montar me parecieron sobresalientes a mí, que desde el carrusel de las ferias de mi infancia, no me había trepado solo a un equino.

     

    No estaba muy seguro de poder encontrar una tienda a modo para llegar con aquellos bandoleros y obtener lo necesario. Desde hacía meses el país había cobrado las facturas de esta revolución y estaba en ruinas. Muchas ciudades otrora vigorosas y activas, lucían fantasmales la mayor parte del tiempo; avenidas desiertas, comercios cerrados y saqueados, sin electricidad ni transporte, apenas de vez en vez, algún alma con urgencia de salir cruzaba las calles a velocidad para desaparecer del panorama segundos más tarde. No las ruinas sino el abandono y el silencio permeaban los nuevos paisajes.

     

    Tras horas de cabalgar, divisamos uno de los pocos centros comerciales abiertos. Estaba custodiado por varios militares. Pero mi general no se arredró y planeó un ataque desde cuatro flancos, total, éramos miles de pelados con poco o nada qué perder. Y además teníamos hambre, armas y valor suficiente para dar una batalla digna, aunque fuese la última. Así que esperamos a que llegara la noche.

     

    Fue una lástima no haber podido grabar ese enfrentamiento. Por primera vez supe que Pancho tenía razón y todo eso debería ser filmado. Les pusimos en su puta madre tras un combate memorable. Nos dejamos ir en estampida y aunque resultaba evidente nuestra precariedad de recursos frente a los suyos, los superábamos ampliamente en número y agallas. Apenas nos miraron comenzaron a disparar y a lanzarnos granadas, por lo que empezamos a caer de a hombre por metro de avanzada. Varios tiros me despuntaron la greña y en más de una ocasión vi caer al compañero que cabalgaba a mi lado.

     

    Primero atacamos de frente, como indica el manual del perfecto soldado. Luego entramos por la retaguardia, como indica el manual del perfecto astuto. Más tarde, arremetimos por el lado derecho, como señala el manual de los guerrilleros que odian demasiado y, por último, los encerramos por el último flanco que faltaba, respetando los principios de la ambición y la sed de victoria.

     

    Cuando llegó el momento de tenerlos de cara a cara, ya no pudieron hacer nada. Intentaron un par de maniobras que nos desmantelaron todo el flanco izquierdo, pero no fue suficiente. También nosotros sabíamos apretar los gatillos y así lo hicimos hasta acabar con todos, o casi todos, porque unos prefirieron rendirse.

     

    No pude celebrar la victoria, de inmediato, mi general —quien a partir de ese momento dejo de ser para mí, simplemente don Pancho— se dirigió a mí para decirme:

     

    —Ora sí, pelao, vaya y traiga las chivas que necesita para la cámara, porque vamos a grabar el fusilamiento de estos pinches cobardes.

     

    Y así lo hice.

    Grabé todo el fusilamiento de los que se rindieron, la piedad que solicitaron a mi general y que éste decidió no conceder. Acribilló a uno por uno frente a la puerta principal del Wal Mart y fue en ese momento que tuve consciencia de lo que estábamos haciendo.

     

    Después recorrí con cámara en mano cada uno de los flancos por los que atacamos. Era un paisaje delirante y apocalíptico. Cuatro avenidas pavimentadas de cuerpos, algunos todavía en agonía, suplicando ayuda.

     

    —Mi general, hay mucha gente sufriendo, habría que darles el tiro de gracia para acabar con su dolor —dijo alguien en algún momento.

    Entonces, Villa dio unos cuantos pasos caminando en círculo, ajustándose los pantalones que le quedaban grandes y mirando al piso.

     

    —Pos ni modo, que se aguanten el dolor y que mueran cuando tengan que morir, no podemos desperdiciar las balas —sentenció.

     

    Saqueamos lo poco que había en el centro comercial y de inmediato nos pusimos en camino para la reunión con Emiliano. La moral de la cuadrilla estaba alta pese a la fragilidad en que habíamos quedado tras la batalla. Éramos muy pocos. En ese momento, cualquier ataque medianamente organizado por un grupo de gendarmes nos hubiese pulverizado. Pero nadie parecía notarlo, ni siquiera mi general, quien iba al frente del grupo —porque para mi gusto ya no podía llamarse batallón o tropa— extraviado en sus cavilaciones.

     

    Durante el trayecto, vimos pasar un par de helicópteros del ejército encima de nosotros.

     

    —Debemos apurar el paso, estos pelaos nos tienen a tiro de piedra —me dijo, y tras una pausa en la que respiró hondo, continuó—: no te pierdas ningún detalle.

     

    Tras un par de días en los que de nueva cuenta estuvimos a salto de mata entre puebluchos y montañas, logramos por fin reunirnos con las tropas de Zapata. El encuentro tuvo sus momentos de euforia, sobre todo al principio, cuando vimos que eran muchos y más jóvenes que nosotros.

     

    La mayoría de ellos llegó en motocicleta. Tenían comida y armamento. El encuentro entre Emiliano y mi general arrancó los vítores y aplausos de todos. Se abrazaron con fuerza y por varios segundos, tantos, que Pancho, tan flaco él, pareció extraviarse entre los robustos brazos tatuados, la generosa panza y la larga cabellera de Emiliano Zapata.

     

    Esa noche supe, por voz de su propia tropa al calor del vino tinto que ellos bebían, que este Emiliano Zapata sí se llamaba así, y que de hecho, se había lanzado a la revolución más que por ideales políticos, por una convicción derivada de una lectura de mano, la cual dijo que su futuro estaba predestinado por su nombre.

     

     

    También supe que no sufrían por recursos económicos, pues Emiliano era la oveja tiznada de una familia pudiente otrora dueña de gasolinerías, lo que explicaba el uso de las motocicletas en un país donde el combustible ya era para uso exclusivo del ejército.

     

    En algún momento de la noche y de la borrachera, Emiliano se me acercó.

     

    —Así que te gusta grabar…

     

    —Son órdenes de mi general —respondí.

     

    —Yo prefiero las selfies —dijo, y sacó un teléfono celular e inmortalizó ese momento entre los

     

    dos.

     

    —No creo que le sirvan de mucho —arremetí— ¿hace cuánto que el país se quedó sin internet? ¿Cinco, seis meses?

     

    —No importa güey, ya venceremos y volveremos a ser libres y prósperos —remató y se alejó dando tumbos por ahí.

     

    A la mañana siguiente nos despertaron los tiros y el rugido de las primeras granadas que apenas anunciaban lo que venía. Nos tomaron desprevenidos, la mayoría aún teníamos alcohol en la sangre y algunos hasta el fusil descargado.

     

    Las tropas de mis generales intentaron parapetarse, pero el ejército atacó con lo mejor que tenía y no le llevó mucho tiempo provocarnos bajas importantes. Dirigió su artillería hacia la mayoría de los caballos y motocicletas para impedirnos el escape, posteriormente, avanzaron con la infantería con la intención de encapsularnos.

     

    Nos defendimos como verdaderos patriotas y héroes. Seguí a mi general y nos atrincheramos tras unas rocas en plena serranía. Desde ahí vi cómo se acercaban poco a poco. Nos eliminaban con facilidad. Pude grabar la muerte del general Emiliano tras un tiro exacto en el cogote.

     

    Mi general Villa jalaba el gatillo y de vez en vez le pegaba a uno que otro pelado. Pero no había posibilidades de salir vivos de ahí, lo sabíamos ambos. Fue entonces que me dijo:

     

    —Ya grabó todo lo que tenía que grabar, ahora apague esa chingadera y lárguese de aquí…

     

    —Pero mi general…

     

    —Pero nada cabrón, le estoy ordenando que se vaya de aquí y esconda esa chingadera donde alguien, algún día, pueda encontrarla…

     

    —Pero mi general…

     

     Entonces me volteó otro par de bofetones para acomodarme las ideas.

     

     —Sáquese a la verga —remató.

     

    Supe entonces que yo no era nadie para contradecir a don Pancho, saqué la cámara por última vez, la puse en modo fotografía, y mientras nos zumbaban las balas, me coloqué junto a él y tomé la foto. Segundos después, me escurrí pecho tierra montaña adentro, dejando tras de mí aquella masacre.

     

    Tomado del libro "Las conspiraciones fallidas", editorial Paraíso Perdido. 

     

     

  • La flor más grande del mundo, cortometraje escrito y narrado por José Saramago
    La flor más grande del mundo, cortometraje escrito y narrado por José Saramago

    Hoy, que conmemoramos el natalicio del escritor portugués José Saramago, les dejamos esta joya: Video animado del cuento "La Flor Más Grande Del Mundo" escrito y narrado por José Saramago, con música de Emilio Aragón y la Orquesta Sinfónica de Tenerife.

  • Fernando del Paso: lecturas y videos
    Fernando del Paso: lecturas y videos

    Hoy falleció el escritor mexicano Fernando del Pado, autor de obras tan memorables como Noticias del imerio, o Palinuro de México.

     

    Aquí te dejamos algunas lecturas de lo mejor de su obra:

     

    Aquí un poema que aparece en José Trigo: 

     

     

     El día de su merecido homenaje en Bellas Artes: 

     

     

     

    Y por supuesto, Palinuro: 

  • Hace 78 años se estrenó
    Hace 78 años se estrenó "Fantasía"

    Hoy, hace 78 años se etrenó Fantasía, todo un clásico de las películas animadas. 

     

    Antes, los estudios Disney habían estrenado un par de largmetrajes que se dconvirtieron en un éxito en taquila: Snow White and the Seven Dwarfs (1937) y de Pinocho (1940), es la tercera película animada de Disney de dibujos animados producido por Walt Disney, y como los anteriores, es reconocida como una obra clásica de la animación.

     

     

    La banda de sonido fue grabada usando múltiples canales de audio y reproducida mediante el sistema Fantasound,​ que hizo que Fantasía fuera una de las primeras películas de exhibición comercial con sonido estéreofónico. Este fue uno de los factores que dispararon el coste de producción de este largometraje hasta casi tres millones de dólares.

     

  • ¿Por qué hoy es Día Nacional del LIbro?
    ¿Por qué hoy es Día Nacional del LIbro?

    El Día Nacional del Libro nació por decreto presidencial el 6 de noviembre de 1979 durante el gobierno de José López Portillo, que puso énfasis en que  “la educación dentro del proceso de desarrollo del país es prioritaria”. Por tal motivo, en dicha disposición se estableció que el 12 de noviembre de cada año —fecha elegida en honor al natalicio de sor Juana Inés de la Cruz— la Secretaria de Educación Pública (SEP), los estados y municipios mexicanos, las diversas instituciones educativas y culturales, así como editoriales y organismos gubernamentales, realizaran y difundieran actividades culturales,  promocionando el hábito de la buena lectura, y que brindaran el espacio para exaltar la importancia del libro como aliado del enriquecimiento y desarrollo cultural y educativo en México.

     

    De tal forma, el 12 de noviembre de 1980 se celebró por primera vez el Día Nacional del Libro. Por otra parte, Sor Juana Inés de la Cruz. Obras escogidas se convierte en el primer libro editado con el propósito de abrir esta conmemoración. Los libros conmemorativos son ediciones no venales y se regalan en distintos puntos como librerías, bibliotecas o centros de cultura de todo el país. Ha sido la  Asociación Nacional del Libro, A. C. (hasta 1995 Asociación Nacional de Libreros) la encargada de publicar año con año un volumen antológico del autor homenajeado. El consejo directivo de la Asociación Nacional del Libro, A. C. está conformado por: Ángeles Aguilar Zinser, Alejandra Canales Ucha, Aldo Falabella Tucci, Arturo Luis Pérez Courtarde, Carlos Anaya Rosique, Eduardo Mateos Gay, Gain Carlo Corte Truffello, Héctor Cordero Popoca, Javier Fuentes Echeverría, Jorge Flores Suari, José Luis Rosas Rivero, Juan Luis Arzoz Arbide, Ramón Sordo Porrúa, Victórico Albores Santiago y  Wilfirdo Rincón Arredondo. 

     

     

    En esta fecha se busca trasmitir la importancia de la lectura y del fácil acceso a los libros en beneficio de la sociedad. Para ello, se organizan diversas actividades para acercar al público tanto a la literatura en español como en lenguas indígenas. Además,  se brinda el espacio para conocer propuestas artísticas, musicales, de artes visuales y obras de teatro, tanto de la literatura clásica como contemporánea en México.



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